¿Está mi identidad argentina desdibujada?

Últimamente tengo sueños muy recurrentes que me llevan constantemente a mi vida en Argentina. A 17 años de haber migrado, pocas veces he soñado con estar en mi país o con mi familia, pero en estos últimos meses, mi cabeza recreó imágenes muy vívidas de mi pasado.
La mayor parte de las veces veo la casa donde viví la mayor parte de mi vida antes de emigrar, la casa de mis nonnos, los padres de mi mamá, o la casa de mis abuelos, los padres de mi papá. Me encuentro con amigos de la infancia y recorro las calles de mi barrio. Más que nada veo a mis padres, pero también aparecen mis abuelos y nonni. En mi sueño de hace unos días, apareció mi hermano; creería que por primera vez.
En todos estos años me planteé muchas veces volver a la Argentina, sobre todo en momentos de mucha tristeza o cuando las cosas no salían bien. Por suerte, siempre comprendía que eran malas rachas y no tomaba decisiones en caliente cuando tenía las emociones a flor de piel. Tal vez un día vuelva, no lo sé, pero si eso sucede, quiero tomar la decisión con la cabeza fría evaluando todas las posibilidades.
Por otro lado, sé que si mañana vuelvo, extrañaría mucho Grecia y mi vida en Europa, a la que ya me acostumbré después de tanto tiempo. Probablemente me suceda lo mismo que me sucede ahora con la Argentina: nostalgia, sueños recurrentes, tristeza y desarraigo. No creo que tenga inconvenientes para readaptarme, pero seguramente me sienta un poco extranjera en mi propio país durante un largo periodo.
Aunque creo que lo que está en crisis ahora es mi identidad, quién soy realmente. Y es extraño, porque cuando tenía 17 años soñaba con esta vida. Quería viajar por el mundo, hablar en varios idiomas a la vez, conocer gente de todos los rincones del planeta y mimetizarme entre ellos, convirtiéndome en una ciudadana del mundo para quien las fronteras no existen. Ahora que logré lo que tanto quería esa adolescente, entiendo que esa idea que tenía en mi cabeza como el ideal de vida adulta también tiene sus contras, las cuales, por supuesto, no podía advertir a esa edad y sin la experiencia que tengo ahora.
Prácticamente no sé lo que sucede en Argentina a nivel político, económico y social más que por lo que me cuentan mis amigos o familia cuando les pregunto. Mucho menos estoy al tanto de las modas locales, nueva jerga, memes, chistes, lores o chismes. Ya no escucho música argentina, ni veo películas ni estoy al tanto de los últimos programas de TV. No tomo mate prácticamente nunca, tampoco cocino comida argentina ni pido alfajores Havanna constantemente. Lo único que sí hago estos últimos meses es ver novelas argentinas viejas que ya había visto y que me recuerdan a cuando todavía vivía en Buenos Aires. Ya me vi Muñeca Brava, Kachorra, Sos mi vida y ahora estoy viendo Los exitosos Pells.
En Grecia vivo como griega. Hablo todo el día en griego salvo cuando trabajo. Mi novio es griego, por lo que comemos como griegos, vamos a la playa como griegos y vivimos como griegos. A veces, estando con él, me olvido de que soy argentina y creo que él también. Por un lado, es normal porque habla de una adaptación exitosa al lugar en el que vivo, lo cual hace que mi experiencia sea mucho más placentera. Es por eso que cada vez que me voy de Grecia extraño muchísimo a este país.
Eventos como el Mundial me recuerdan quién soy. Durante los 40 días que duró este evento saqué a relucir toda mi argentinidad. Empecé a escuchar cumbia, me hice una pasta frola de membrillo, una chocotorta, tomaba mate casi todos los días y colgué banderas y guirnaldas argentinas en mi casa y en el balcón. Incluso me compré la camiseta oficial de la selección; es la primera vez que me compro una camiseta en 42 años de vida. Mi bajón de las últimas semanas coincide con el final del Mundial. Ya no juega más la selección; fue como tener que volver a una rutina en la que vuelvo a alejarme de la chica argentina que ama a su país y lo quiere demostrar en cada acto cotidiano. Nada me impide seguir haciéndolo todos los días, pero creo que también siento un poco de miedo a mostrar ese lado mío por miedo a ser juzgada. Nunca quise mostrar que era extranjera en ninguna de mis tres experiencias migratorias. No por vergüenza de mi origen, sino porque siempre quise ser tratada de igual manera que los demás, ni mejor ni peor, igual.
El otro día le dije a mi psicólogo que sentía que mi identidad argentina estaba en crisis como nunca antes. Tal vez porque ya no pasaron dos o tres años, sino que estoy cada vez más cerca de las dos décadas. Esto me lleva a replantearme decisiones, a pensar en el futuro e indefectiblemente, en que el tiempo pasa y siento que me estoy perdiendo muchas cosas al no estar allá, y necesito evaluar qué pesa más, qué quiero recuperar y qué quiero descartar para que no me pese más.
Los últimos años pensé que sería espectacular poder vivir entre Grecia y Argentina, siempre en verano, para poder tener lo mejor de dos mundos. Para esto, muchas cosas deberían darse, por ejemplo, poder tener un trabajo remoto que me permita trabajar desde cualquier parte del mundo. ¿Imposible? No lo creo. ¿Díficil? Tal vez. Pero nunca lo descarto.


