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Volviendo a mi esencia

Actualizado: hace 6 días



Hace unos años, una espiral de estrés y exigencias me llevó a enfrentarme a mi salud mental de una forma que nunca antes había tenido que hacerlo. Por primera vez tuve que visitar a un psiquiatra y recibir medicación para tratar mi ansiedad y los constantes ataques de pánico diarios que no me dejaban tener una buena calidad de vida.


Esto me sucedió en Londres. Lo atribuí siempre al hecho de que tenía mucho estrés en el trabajo, a que odiaba vivir en esa ciudad y a que estaba ahogada en deudas. El costo de vida era altísimo, las distancias enormes, por todas partes donde caminaba había mucha gente y me sentía sola. No tenía relaciones reales, ni románticas ni de amistad. Todo parecía efímero y superficial, pasajero.


Cuando empecé mi tratamiento estando en Londres, los ataques de pánico se fueron, las sesiones con mi psicólogo parecían empezar a dar sus frutos, y estaba siempre contenta y de buen humor, sobre todo cuando estaba encerrada en mi casa, donde la realidad era la que yo me inventaba. Por la ventana veía un parque de árboles frondosos, y al caer la tarde, después de trabajar, me sentaba a ver el atardecer y a los pájaros que volaban hacia sus refugios nocturnos; apenas escuchaba el ruido del tren que pasaba a una cuadra de mi casa. Todo era silencio y paz. Tenía mi música y mi mate. Comía sano, cuidaba mi cuerpo y planeaba mi retirada del Reino Unido.


Seguía odiando mis viajes al trabajo. El subte iba lleno, viajaba apretada y me faltaba el aire. Llegaba a destino muerta de calor y toda transpirada. Siempre sentía que estaba mal vestida cuando caminaba entre las mujeres londinenses del centro de la ciudad, que iban con sus zapatos lustrados, sus gabardinas Burberry y luciendo muy profesionales y pulcras. Lo que ganaba no me alcanzaba para más que subsistir, a pesar de que ostentaba un buen cargo en una universidad inglesa. Me sentía poca cosa al llegar con mis zapatillas deportivas, los jeans estirados, y mis poullovers o camisitas de SHEIN de 3 euros.


En la universidad, me sentía poco valorada y mal remunerada. Hacía más de lo que debía y tenía demasiadas responsabilidades para lo que estaba cobrando. Pero en un momento empecé a valorar mi salud mental y física y dejé de comprometerme e involucrarme tanto. Trabajaba por lo que me pagaban y no hacía nada extra. En Londres, la gente tiene como bandera la filosofía de ir above and beyond, o sea, de ir siempre más allá de lo que se espera y superar las expectativas. Ese pensamiento que te imprimen a fuego en el cerebro desde el día que ponés un pie en la ciudad, te lleva a aceptar turnos laborales de 12 horas si falta un compañero, o a hacer tareas que no te corresponden por el bien del equipo o la empresa, o a soportar malos tratos con una sonrisa. No es muy difícil de imaginar porque, al sentirme mejor, mi mente y mi cuerpo se rebelaron contra esa forma moderna de sometimiento laboral. Cuando uno está mal, es fácilmente manipulable, e ingresás rápido en esa dinámica perversa.


Mi círculo social era forzado. Consideraba amigos a algunos compañeros de trabajo que, en cuanto puse un pie en Grecia, desaparecieron. A otros los saqué de mi vida en cuanto me sentí bien y descubrí que aceptaba y normalizaba relaciones de amistad en donde me sentía usada simplemente por no sentirme sola.


En este contexto, ni la pastilla ni la terapia pudieron hacer milagros. Había que hacer cambios profundos y de fondo, y mudarme a Grecia fue lo mejor que pude hacer para alejarme de un lugar del que nunca me sentí parte.


A los meses de llegar a Grecia dejé la medicación por recomendación médica. Ya había completado el tiempo acordado con el psiquiatra y el psicólogo también estaba de acuerdo. Me sentía bien como para dejar las "muletas" y empezar a caminar sola de nuevo. Tenía miedo, dudas, pero había que hacerlo.


Estar en Grecia y vivir con mi novio en el lugar que más amo, Tesalónica, no me iba a garantizar por sí solo que fuera lo que estaba necesitando para vivir mejor. Hasta ese momento creí que eso solo ya iba a ser suficiente. Sí, Londres para mi era tóxica, pero igualmente había mucho más trabajo interno que hacer, y cambiar de ciudad no era suficiente.


Muchas personas piensan que, cuando emigran, van a solucionar todo. A veces es verdad que van a conseguir un trabajo que jamás hubiesen soñado tener, o tal vez, mejor calidad de vida o mayor posibilidad de mejora social y económica, pero no hay que mentirse. Si estás deprimido o tenés ansiedad, por ejemplo, eso te acompaña. Tal vez la novedad te hace alucinar por unos días, semanas, meses o incluso años, pero cuando aparece ese disparador, aquello que sabés que puede hacer que vuelvas al pozo, no importa qué trabajo tengas o en qué país estés, va a volver a recordarte lo que dejaste pendiente detrás tuyo.


A pesar de haber vuelto al lugar del que no me tendría que haber ido nunca, de a poco empecé a adoptar viejas actitudes, aquellas que había dejado atrás en terapia cuando estaba en tratamiento. Me empecé a encerrar en mi casa, a comer más de la cuenta, a dejar de cuidar mi aspecto y a llenarme de exigencias, presiones, estrés y comparaciones con los demás. Por momentos tenía ráfagas de lucidez, y por momentos volvía a caer en la depresión, el llanto y la queja. Era cuestión de tiempo: los ataques de pánico volvieron gradualmente.


Pero todas las personas en algún punto tocamos fondo y decimos "hasta acá", y para mi ese momento llegó cuando terminé en la sala de emergencias de un hospital público en un día feriado.


Esa fue la primera vez que pisé la guardia de un hospital griego, y la primera vez en 41 años que me subí a una ambulancia. Nunca había tenido un ataque de pánico tan fuerte en el que me sintiera lo suficientemente vulverable como para aceptar que me llevaran en ambulancia. Me sentía débil, cansada, hiperventilada y el corazón me iba a mil. No me podía calmar ni con un tranquilizante. Mientras me llevaban, miraba el paisaje desde la ventanilla de atrás, acostada, mientras mi novio me miraba preocupado y me tomaba de la mano. Sentía miedo de que me encontraran algo y, por otro lado, vergüenza de haber llegado a ese punto y no haber podido encontrar las herramientas para calmarme.


Después de casi 5 horas, me fui con la confirmación de que estoy sana y que mi cabeza me había jugado una mala pasada. Pero en estos casos, nunca es tan fácil. Siempre aparece un nuevo síntoma o una nueva dolencia que pone al cerebro en alerta y el cuerpo empieza a responder de la peor manera. Días después de haber estado en un hospital, no había escarmentado. Ahí fue cuando me harté de tenerme lástima, de quejarme, de tener miedo y de volver para atrás, y pedí un turno online de guardia con una psiquiatra griega.


Tuve la suerte de que me tocara una persona dulce que me entendió en pocos minutos, y que supo rápidamente qué ayuda necesitaba. Volver a hacer el mismo tratamiento es como viajar a marzo de 2023 cuando tomé esta misma medicación por primera vez, pero también fue necesario para poder volver a vivir y empezar a trabajar en mí misma sin estar constantemente en crisis.


Es muy difícil atravesar situaciones de salud mental estando lejos de casa. No me refiero a sentirse solo o estar un poquito bajón por extrañar, sino a sentir que estás totalmente desbordado y que no sabés qué hacer para salir. No sé qué hubiese pasado si estaba en Argentina. Tal vez lo sufría igual, o tal vez no hubiese llegado nunca a pasar por esto. A veces me pregunto si esto es algo que estaba destinado a sucederme en algún momento de la vida y que simplemente se potenció al emigrar, o si la ansiedad es consecuencia de haber emigrado.


Los que nos vamos muchas veces nos ponemos objetivos muy altos. Creemos que si nos vamos de nuestro país es para estar mejor y no aceptamos que nos vaya igual o peor, si no, ¿qué sentido tiene haber tomado esa decisión? Pero muchas veces uno no puede controlar los factores externos por mucho que se esfuerce en superarse. Yo creía que en Londres iba a lograr conseguir un trabajo excelente, de seis cifras anuales, que iba a poder sacar un préstamo para comprarme una casa y que iba a poder ahorrar y viajar por toda Europa. La verdad es que no pude lograr nada de eso, y cuanto más lejos estaba de esa meta, más me castigaba por no poder lograrlo. Pero la verdad es que nunca valoré el lado positivo de las cosas que sí logré: me ascendieron a manager despues de 9 meses en mi primer trabajo, me pude mudar sola en una ciudad como Londres a solo dos años y meses de haber llegado, y pude visitar a mi familia dos veces en cinco años, y viajar a Bélgica, España, Italia, Marruecos, Turquía y Grecia, y además, dentro del Reino Unido, a Windsor, Cambridge, Oxford y Leeds.


Cuando sentís que perdés tu sanidad, ya sea física o mental, ahí realmente entendés que lo importante no está en ponerse metas imposibles y cumplirlas. ¿De qué me sirve vivir en Grecia si no lo puedo disfrutar? Estar encerrada me privó de caminar al lado del mar, de disfrutar de las caminatas mañaneras de sol y frío con un café en la mano, de visitar mis lugares favoritos de Tesalónica, de conocer nuevas propuestas gastronómicas, de hacer nuevos amigos o de reconectarme con la arqueología de nuevo. Prefiero mil veces poder disfrutar de la simpleza de la vida griega, a que destruir mi salud intentando "ser alguien". Pero entender esto me llevó años de aguantar los castigos de mi propia cabeza.


Al despertarme a la mañana, todavía me siento muy cansada y me transpiran las manos. Siento una especie de intranquilidad interna, porque mi cerebro todavía quiere controlar la situación y volver a las viejas estrategias donde, por protegerme del peligro que yo misma me invento, me impide vivir y ser yo en mi más pura esencia: una persona inquieta, sociable, que le gusta salir y divertirse, probar nuevas cosas, viajar y abrirse a nuevas aventuras.


Recién comencé mi segunda semana de tratamiento, y es normal sentir de vez en cuando, un resabio de los efectos secundarios de la medicación. Lo peor ya pasó en la primer semana. De a poco voy volviendo a la normalidad sin exigirme demasiado. La mayor decisión para mi bienestar ya fue tomada, ahora solo resta tener paciencia y esperar que todo se acomode.


No quiero sonar superada ni quiero ponerme en el lugar de una gurú que tiene todo claro, porque lejos estoy de eso. De hecho, acabo de contarte que tuve que recalcular y volver hacia atrás 3 casilleros. Pero si me estás leyendo y te sentís identificado con lo que compartí con vos a corazón abierto, sea que estés en tu país o que hayas emigrado como lo hice yo, espero que sepas que hay siempre una solución. Nada está totalmente perdido. Sé que es muy difícil enfrentar esto solo, y creeme que te entiendo perfectamente. Si no podés encontrar la salida, buscá ayuda médica profesional. Que no te de vergüenza. La mente se puede "enfermar" como cualquier otro órgano o parte del cuerpo. Si no se siente bien, hay que cuidarla, mimarla y darle atención. Abrazate, entendete y no te enojes con vos mismo. Date siempre amor y comprensión, porque es la única herramienta para recuperarte y salir adelante.

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