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¡Nunca es suficiente!

Actualizado: hace 7 días



Hace varios días que me siento como bola sin manija. Cuando estaba en Londres pensaba en todas las cosas que quería hacer en Grecia, y ahora que estoy acá, no es que esté paralizada, más bien todo lo contrario. Quiero hacer de todo, al mismo tiempo, y termino haciendo nada, agotada y sin energía.


Una de las cosas que más me estresan es mi casa. En el Reino Unido compartí casa (y habitación de hostel) durante dos años y ocho meses. Los otros dos años y nueve meses viví sola en un monoambiente. Nunca pude decorarlo como quería porque tuve que hacer un gran sacrificio para pagarlo. Mi prioridad era poder vivir sola y tener paz mental. El resto iba a venir solo en algún momento (o al menos eso creía). Me deprimía bastante no poder comprar muebles para tener mi ropa más ordenada o cosas para la cocina para poder cocinar más cómoda. La cama, que venía con el lugar que alquilaba, tenía unos resortes que me estaban destruyendo el cuerpo. Todos los días me despertaba con dolores terribles y moretones en las piernas. Durante mi primer estadía en Grecia como estudiante, si bien pasé por situaciones similares, no me interesaba tanto porque sabía que el estipendio de mi beca era muy bajo, y además, cuando uno es estudiante, esas cosas están incluidas en el mismo paquete. Me molestó más en Londres porque trabajaba muy duro y no podía tener lo básico para vivir cómoda.


Ahora que vivo en el departamento de dos ambientes que alquiló mi novio durante 10 años, pretendo en poco tiempo cambiar todo, desde los colores de la pared a los muebles y la decoración. Hice e hicimos bastante haciendo limpieza y tirando cosas, pero todavía falta mucho. Ninguno de los dos tiene tiempo, y la verdad es que hay que cuidar la plata. Ahora soy mucho más consciente de lo que fui en Londres, y estoy tratando de tener ahorros e invertir. El proceso lleva tiempo y eso me bajonea un poco, más allá de que soy consciente de las razones por las cuales es clave tener paciencia. En 13 años de emigrada jamás me sentí como en casa en ninguno de los departamentos o habitaciones que tuve, porque siempre sentía que estaba de paso. Siempre tuve parte de mis cosas en cajas o valijas que tenía a la vista y que servian como baúl. Tal vez les parezca algo súper banal, pero es muy importante para alguien que se va, y no tiene pensando volver en lo inmediato, tener un lugar al que llegar y sentirlo suyo.


Otra de las cosas que me preocupan es mi cuerpo. Desde los 15 años me siento mal con mi cuerpo, incluso en la época en la que era jugadora federada de voley, comía sano y entrenaba todos los días de la semana. Tenía un lomazo, pero así y todo, siempre me veía gordita. Me daba atracones incluso después de entrenar. Me encantaba hacerme panqueques con dulce de leche o comprarme un pionono para rellenarlo de dulce de leche. Pero eso no era un problema en aquel entonces, porque al otro día entrenaba cuatro horas y se iba todo. Tampoco era algo que hacía todos los días. Al emigrar sí se convirtió en algo habitual. En mi primera vez en Grecia, me salvó el hecho de que caminaba mucho, andaba en bicicleta y estaba casi todo el día en la universidad. Siendo estudiante, mi ingreso era limitado, así que mi problema con el peso fue más por comer mucho pan blanco, arroz y pasta, que por darme atracones con dulces. Al volver a la Argentina seguí con lo mismo, pero ahora llegaba a intentar comerme una tarta de lemon pie entera. El estar allá y no saber que hacer con mi vida después de haberme graduado en Grecia, me pegó duro. En Londres intenté varias veces hacer dieta, pero entre el estrés, la pandemia y la depresión, no podía parar de comer. De hacer ejercicio ni hablar; la realidad de vivir en el Reino Unido me sacaba todas las ganas de moverme y de salir de mi casa. Tuve periodos en Grecia y Londres en los que llegué a bajar 10 kilos, pero después los volvía a engordar si algo malo me pasaba. Mi tema es que canalizo todo por la comida.


Por eso, al llegar a Grecia, me puse como objetivo cuidarme como nunca, ahora que estoy acompañada y en el lugar dónde quería estar. Pero subestimé muchísimo el hecho de que no me iba a afectar nada el haber emigrado por tercera vez. Pensaba que por venir a dónde quería venir, con todas a mi favor, la readaptación iba a ser más sencilla, y que yo iba a renacer como el ave Fénix en una semana. La verdad es que tantos años de estrés y presiones no iban a dejar mi cuerpo tan fácilmente. Todavía estoy contracturada, estresada, agotada, pero al fin más tranquila. La anemia profunda que tengo no ayuda, y casi que me arrastro para caminar (aunque ahora estoy en mi tercer mes con un tratamiento que nunca había probado y me siento mejor). Lo cierto es que sigo comiendo, ahora no por ansiedad o depresión, sino porque me gusta comer rico, sobre todo dulces. No puedo enfocarme en comer sano y en menores cantidades, y mucho menos en tener una rutina de ejercicio. Trabajar remoto no ayuda en nada. Pensaba que después de seis meses y de tomarme un tiempo de descanso ya iba a estar súper fit y con menos peso, pero ¡no! Desde que emigré, nunca me salen las cosas exactamente como las planeo.


El trabajo es una de las cosas que mejoraron en mi vida, a pesar de no ser más mánager y de haber retrocedido profesionalmente por haber elegido salir del mundo de la hotelería, la educación y el servicio al cliente. Si bien es aburrido y repetitivo, es predecible. Me había cansado de empezar mi horario de laburo y no saber si la gente se iba a presentar al trabajo, si iba a tener que viajar dos horas para cubrir puestos, o si se me iba a presentar algún problema nuevo. Era ir a trabajar siempre con bronca, enojo y mucha tristeza. Era volver sin energía, llorando y con ganas de renunciar. Ahora me conecto y desconecto a la misma hora y no tengo miedo de que el trabajo me arruine el día. ¡Y esto es una gran cosa! Nunca tuve un trabajo dónde pudiera empezar y terminar el día sin dramas, para poder continuar con mi vida sin cargas sobre mis espaldas. La verdad es que en este momento me sobra el "glamour" que te da un título en el curriculum. Lo único que quiero es paz para mi mente.


Aún así, quiero que esta tercera experiencia migratoria sea distinta. Quiero sentir que más allá de que uno nunca sabe a dónde te puede llevar la vida, puedo empezar a armarme. Quiero saber que puedo comprarme un mueble, poner un lindo cuadro o llenar el sillón de almohadones. Por ejemplo, este año fue el único de los años en los cuales pude comprarme un árbol de Navidad y decorarlo, ¡después de 13 años de haberme ido de Argentina! ¡Sólo eso me hizo sentir muy bien!


Quien nunca emigró tal vez piense, "que esta chica se consiga una preocupación honesta". Quien emigró y tuvo la suerte de que materialmente todo le haya salido bien, tal vez piense, "esta chica seguro es un desastre, no puede ser que le vaya tan mal emigrando". He escuchado de las dos, lamentablemente. Me han juzgado sin conocer toda mi historia, sin saber todas las cosas que tuve que pasar para lograr mis objetivos. Pero esa es una de las cosas que pasan cuando te abrís en las redes sociales. Siempre hay alguien que va a comentar sobre algo que no sabe.


Mi gran problema, o virtud, es que no paro nunca. Ahora siento que necesito parar y enfocarme en mi, porque nada de lo que intento hacer me sale como quiero, incluido este blog y todo el contenido que quiero compartir con el mundo. Invierto muchas horas, trato de leer y aprender, me paso horas haciendo videos y editando para tener 100 views, haciendo listas con ideas o cosas para hacer, pero no logro llegar al público, que tal vez espera que del otro lado hayan personas que generen contenido más divertido y relajado, y evidentemente no es lo que estoy proyectando ahora mismo. Me da mucha pena, porque amo escribir, amo generar contenido y amo viajar. Pero, o no caigo bien, o el contenido que genero es poco interesante (será algo que tenga que revisar)


Salir de la zona de confort es muy difícil. A veces la gente cree que el que emigra lo tiene todo resuelto porque gana en euros, dólares o libras, pero la verdad es que a la mayoría de nosotros no nos alcanza y llegamos a fin de mes con lo justo. Y tampoco crean que por vivir en Europa la vida es mucho más fácil, porque aunque todo está más ordenado y no haya tanta inseguridad, siempre te vas a sentir extranjero en algún momento, por más integrado que creas que estás. El lidiar con la distancia, la falta del abrazo de alguien de tu familia o un amigo (que no se reemplaza con una videollamada en WhatsApp), son cosas que se sienten más duro cuando no tenés un buen día o estás pasando por un mal momento. Ahí es cuando deseás que las distancias sean más cortas y los pasajes más económicos, para poder volar y llegar a los brazos de tus viejos y sentirte un poco como un nene, dejando todos los problemas atrás.


Siendo emigrada he tenido muchas crisis. Momentos en los que tenía ganas de volverme a la Argentina, momentos en los cuales no quería salir de la casa, y momentos en los que cualquier cosita me hacía llorar. A veces me tocaban las tres juntas. Pero siempre me termino levantando en algún momento. Al fin y al cabo, uno toma la decisión de irse, por el motivo que sea, y si bien no hay que ser terco y negador cuando algo no va más, hay que luchar y aceptar, para poder seguir adelante.

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