Recalculando
- María Eugenia Francisco
- 26 nov 2024
- 5 Min. de lectura
Actualizado: hace 7 días

Después de cinco años súper estresantes en el Reino Unido, pensé que iba a llegar a Grecia y que la mejoría iba a ser instantánea, pero todo lleva su tiempo y tiene sus procesos, y a veces la ansiedad te gana y querés que todo sea ya, pero así no funciona la mente ni el cuerpo.
La mudanza fue muy caótica. La venía organizando hace mucho, hasta tenía listas de lo que tenía que hacer o averiguar, de las cosas iba a vender, llevar, regalar o tirar. Sabía con cuánta plata tenía que volver a emigrar, renuncié casi dos meses antes de irme, tenía el pasaje y la reserva de hotel para la última noche. Así y todo, no calculé que ese estrés acumulado y el cansancio me iban a dificultar el proceso.
El último mes fue muy movilizante.
En el trabajo, le cayeron a mi puesto como buitres; muchas personas estaban esperando hacerse cargo de los campus de Londres para poder viajar gratis a la capital con un justificativo para tomarse vacaciones con todo pago por la universidad, además de que profesionalmente te da muchas oportunidades, ya que mi labor era bien variada y complicada, así que era un desafío para cualquiera con ansias de trepar posiciones. Ahí me di cuenta de quiénes me rodeaban y no me gustó nada. Me fui bastante decepcionada de mis compañeros de laburo y de la poca importancia que le dieron a los 3 años de trabajo duro de mi parte, pero por otro lado, me alegra haberme dado cuenta a tiempo para no alimentar a las personas que abiertamente querían colgarse de mí en el futuro para venir a Grecia gratis (insertar risa malévola aquí)
Entregar mi departamento también me generó una preocupación, más que nada porque el depósito que me tenían que devolver era de £1125 y contaba con esa plata para poder empezar de nuevo en Grecia, sobretodo porque viajaba sin trabajo y no quería ser una carga para mi novio. Estuve muy meticulosa en el tema de la limpieza y la revisión del lugar, al punto que tapé los agujeritos que dejaron los clavos y pinté por encima. Cuando llegó el agente inmobiliario a retirar las llaves, yo todavía seguía pasándole un trapo al piso de la cocina. Me fui toda traspirada y con olor a productos de limpieza. Eso sí, ¡me devolvieron el depósito!, así que valió la pena.
Envié cuatro cajas repletas de cosas a Grecia desde Londres vía terrestre. Tuve que llevarlas en Uber hasta los lugares de recepción. Eran muy pesadas, y eso que sólo tuve que caminar 50 metros y bajar un piso con estas cajas, pero fue lo suficientemente estresante como para haber estado al borde del llanto más de una vez.
Mi psicólogo me dijo que tendría que haber pedido ayuda, pero no sentía que quería la ayuda de nadie, sobretodo porque con el tiempo entendí que en realidad no quería contacto con nadie más (y mucho menos deber favores), porque siento que nunca tuve una relación humana sincera y honesta más que con Gabriel, mi mejor amigo en Londres. Con el resto, incluso parejas, creo que fueron relaciones desesperadas para no sentirme sola. Me siento fría y desalmada diciendo esto, pero es lo que siento hoy viéndolo a la distancia después de tanto tiempo.
Llegar al hotel dónde iba a pasar mi última noche fue la coronación de cinco años de malhumor y estrés viviendo en una de las ciudades más hermosas y vibrantes del mundo, que para mi se convirtió en un lugar que detesté y padecí por mucho tiempo (aunque ahora estoy en proceso de poder amigarme con ella). Ese día lloviznaba, había mucha humedad y tenía frío, ¡y eso que estábamos en junio!. Tomé un Uber desde mi casa arrastrando una valija de 30 kilos, otra más chica de 15, una mochila y una bolsa. Tuve que esperar en una cafetería a que llegara el bus, que se había retrasado 45 minutos. Estaba cansada físicamente y con ganas de salir de ahí corriendo. Cuando llegué al aeropuerto de Stansted no encontraba como llegar al hotel, que estaba literalmente al lado de la terminal. Todo me pesaba, había mucho viento, estaba toda traspirada y de malhumor. Cuando al fin lo encontré, hice el check in. No encontraba la habitación, el hotel es enorme, y yo estaba tan agotada, que me confundía los números y los mezclaba en mi cabeza. Al entrar, me largué a llorar desconsoladamente, pero fue muy liberador. Me di una ducha larga, me teñí, me hice tratamientos de belleza, me puse la bata y me tiré a comer pizza en la cama mientras veía The Big Bang Theory.
Al otro día, con tranquilidad, acomodé mejor las cosas en la valija y bajé a desayunar. Me arreglé y me fui al aeropuerto. Veo fotos del 31 de mayo y del 1 de junio, que es cuando viajé, y parezco otra persona. Ya estaba a un paso de irme y dejar todo esto atrás; sabía que me esperaba otra vida mejor.
Hoy, después de casi seis meses, todavía sigo cansada y con un poco de estrés, a pesar de que vivo en un departamento grande, que las calles son pacíficas, que no me eloquece el ruido ni la gente, que estoy acompañada, que tengo un trabajo relajado y sin responsabilidades grandes (¡y encima trabajo desde casa!) y que al fin estoy cerca del mar.
Pensé que para esta altura ya iba a estar más flaca, más atlética, más descansada, más linda y luminosa y con más energía. El tema es que engordé, no hago nada de ejercicio, duermo mucho pero no descanso (siempre siento que necesito más horas de sueño), me veo desmejorada y no tengo energía.
Siento que cuando estaba en Londres estaba siempre en alerta, tensionada, a la defensiva, haciendo un personaje para no sentirme juzgada por ser quien soy. Ahora me relajé y me dejé estar tanto que se me fue la mano. Tal vez lo necesitaba, pero creo que es hora de superar el duelo de haberme ido del Reino Unido. No es que esté triste, de hecho ojalá no necesite nunca más tener que vivir allá, pero sin dudas subestimé mucho el hecho de que no me iba a afectar en nada irme de Londres, por más que estuviese mudándome con mi novio a mi lugar en el mundo.
Mudarse cuando uno emigra es un proceso tan cansador y demandante, que uno cree que termina cuando uno se instala, pero hay muchos factores que uno arrastra y no resuelve en el momento por estar agotado, pero que después con el tiempo se pueden agrandar como una bola de nieve.
Desde 2013 que escribo en blogs y siempre fui muy sincera con respecto a qué es lo mejor y lo peor de emigrar, y cuáles son todos esos procesos por los que uno pasa. No me da vergüenza contar las miserias por las que paso ni tampoco me sonrojo cuando la vida me sonríe, ¡porque me dan orgullo mis logros!. En este caso estoy orgullosa de haberme jugado cinco años de mi vida en Londres para buscar calma y estabilidad emocional, porque siento que sólo dejé atrás cosas materiales sin valor alguno para mi en este momento. Pero al contrario de lo que pensé, por más que amo Grecia y esperé mucho volver, el proceso de adaptación está llevando más tiempo del que pensé.
El cansacio que traía, combinado con temperaturas que ya no vivía hace mucho tiempo, más el empeoramiento de mi condición de salud, me knockearon. Todo lo que yo tenía en mi cabeza para los primeros meses en Grecia no se pudo dar, pero igualmente sé que lo voy a ir logrando de a poco, en tiempos realistas, sin apuro, sin tener que demostrarle nada a nadie, cuando sienta que ya puedo dar vuelta la página.


