Batería baja
- María Eugenia Francisco
- 12 may 2024
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 20 feb

En pocas semanas voy a estar dejando Londres para mudarme nuevamente a Tesalónica y ya siento que mi batería está al 20%, como cuando mi teléfono móvil me avisa que ya sería un buen momento de ponerlo a cargar.
Creo que desde que emigré en 2009 por primera vez, nunca he sentido como ahora, una constante y sostenida sensación de no tener energía ni para subir un piso por escalera. Me siento agotada mental y físicamente, y hasta espiritualmente, si eso es posible.
Hace semanas que estoy cansada todo el tiempo, con sueño, desganada y con un poco de bajón. Todavía no entiendo a qué se debe, porque estoy segura de que tomé la decisión correcta.
Probablemente se explique con el hecho de que mi trabajo me aburre y me desmotiva prácticamente desde que empecé; a veces fantaseo con la idea de desaparecer y no volver más, pero después me acuerdo que necesito la plata y se me pasa la rebeldía. Otra razón, es que llevo mucho tiempo desencantada con Londres. Sin contar que es una ciudad que me asfixia, y es por eso que sólo siento paz estando en mi casa sola, mirando hacia afuera de la ventana como en este momento, disfrutando de la caída del sol, una leve brisa fresca, los pájaros cantando, unos mates amargos y los árboles de distintos tipos y colores que tengo justo enfrente. En mi casa me siento tranquila y relajada, porque es mi fortaleza a la que no dejo entrar los problemas. Lo que me pone mal es el hecho de tener que salir en algún momento, ya sea para trabajar o para hacer las compras; eso ya me genera una sensación de desagrado profundo que no puedo manejar.
Si algo no me sirvió cuando atravesé lo peor de mi trastorno de ansiedad, fue que todos me dijeran lo que tenía que hacer: "Pero estás en Londres, ¡salí y recorré!"; lo hacía contra mi voluntad y terminaba con ataques de pánico en el subte. Todos me recomendaban comer sano, dormir temprano, salir, en fin, cosas que para mi parecían imposibles ya que me sentía de una forma u otra, incapacitada para hacerlo. Cuando empecé a tomar la medicación pude volver a vivir bien, hasta que meses después, el estrés y los problemas laborales fueron tan profundos que tuve que pedir licencia. Desde septiembre del año pasado que todo lo que había logrado en cinco meses, se fue esfumando de a poco y me fue consumiendo.
Siempre digo que Londres me dio años de experiencia invaluable en el campo laboral y que probablemente no la hubiese podido adquirir en ninguna otra parte, pero también me succionó la alegría, la creatividad, las ganas de leer, mi amor por la Historia y la Arqueología, mis ganas de escribir, mi optimismo, en fin, lo que pensé que se iba a ver potenciado acá, desapareció por completo. Me volví una persona materialista y superficial, sin brillo, chata, persiguiendo una zanahoria que nunca me interesó perseguir, corriendo como un hamster en la rueda intentando alcanzar metas económicas imposibles en una ciudad como esta, intentando tener una vida que para mi es prohibitiva, poniendo sobre mis hombros cargas que nunca pedí tener pero que sentí que tenía que llevar para ser exitosa. La competencia es brutal, y es lógico, pero acá se lleva a niveles que son insalubres y exagerados.
Creo que fue una combinación de muchos factores los que me llevaron a sentirme así, una acumulación de cinco años de mucho sacrificio físico y mental, de mucho estrés que nunca pude liberar, de intentar vivir una vida que no era para mi hasta el punto de endeudarme sin medir las consecuencias, no expresando lo que sentía y me molestaba de la gente que me rodeaba, tanto fuera como dentro del trabajo, aguantando y sosteniendo amistades o relaciones por el sólo hecho de no sentirme sola. Creo que viví una vida que no era mía, o al menos eso siento ahora. Invertí mucha energía en algo que no valía la pena. Aposté mi salud mental y física para seguir en Londres, para no sentirme un fracaso o para no poner en riesgo la seguridad laboral que tengo acá, y aunque sea lo único que tengo seguro, que no es poca cosa en los tiempos que corren, ya no es lo único que me interesa en la vida.
Por estas y muchas otras cosas más, que incluyen mi amor por Grecia y que mi novio vive allá, es que tomé la decisión de dar el salto e irme. Hace unos días le decía a mi mamá que siento que necesito dormir una semana entera sin parar para cargar las pilas y regenerarme. Mi cuerpo me lo pide hace mucho tiempo pero nunca me permito descansar, porque hasta aprendí a sentirme culpable por querer relajarme y no hacer nada, culpable por no tener agendas llenas de planes o por no estar siempre ocupada.
Creo que en el Reino Unido tuve la mayor crisis de mi vida, y que, como dice mi psicólogo, necesitaba pasar por esto para darme cuenta que necesitaba darle un giro grande a mi vida, porque tampoco estaba viviendo bien antes. Fue duro y sufrí mucho, sobre todo durante el periodo en el que tenía ataques de pánico cada día. Fueron cinco años muy difíciles, y creo que es por eso que en vez de disfrutar el proceso con alegría sabiendo que ya dentro de poco voy a poder lograr lo que siempre tanto deseé desde que dejé Grecia en 2015, lo estoy padeciendo.
Cuando decidí irme de Londres me hice una lista de lugares que nunca había visitado y que quería ver antes de irme. Ahora siento que si no lo hice hasta el momento, ¿por qué lo voy a hacer ahora y sin ganas? Esa es la parte de mi que sigue poniéndose exigencias contra su voluntad. Me tengo que recordar constantemente que uno hace lo que puede y que tengo que ser amable conmigo misma.
Este proceso de mudanza me está quitando la poca energía que me queda, así que hay que saber administrarla bien y saber poner límites cuando es necesario, incluso si es a uno mismo.


