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Mi viaje a Ítaca

A los 23 años empecé a preguntarme si mi vida realmente seguiría el camino que parecía escrito para una chica de Buenos Aires: graduarme, conseguir un trabajo estable, casarme, comprar una casa, tener hijos y ver pasar los años sin grandes sobresaltos. Pero desde muy chica había algo dentro de mí que no se conformaba. A los 17 ya soñaba con explorar el mundo, perderme en ciudades desconocidas y vivir algo más grande que una rutina perfectamente ordenada. Sin embargo, siempre aparecían las voces adultas para devolverme a una realidad que sentía pesada, como un mandato ajeno que nunca terminé de aceptar.

Mi alma pedía otra cosa. Quería aventuras, nuevos atardeceres, idiomas distintos, perfumes desconocidos y comidas que todavía no sabía pronunciar. Y entonces llegó Grecia.

Mi primer viaje sola, a los 23 años, fue el primer paso hacia mi Ítaca. No sentía miedo. Sentía algo mucho más fuerte: una emoción inmensa, salvaje, imposible de contener. Caminaba por la tierra de Alejandro Magno, en Pella, y me parecía irreal estar ahí. Me senté frente al Partenón completamente rendida ante tanta belleza. Estaba encantada, enamorada. Algo se encendió dentro de mí ese día, una pequeña llama que rápidamente se convirtió en un incendio imposible de apagar.

Sentí una conexión ancestral con Grecia. Como si hubiera vuelto a un lugar del que me había ido hace muchísimo tiempo. Como si, por primera vez, me estuviera reencontrando conmigo misma.

Pero volver a Argentina fue devastador. En apenas un mes yo ya no era la misma persona. Había dejado pedazos de mi corazón en cada pueblo, en cada museo, en cada ruina antigua que contemplé con lágrimas en los ojos. Sentía que había regresado a un lugar al que ya no pertenecía, y esa sensación me parecía tan dolorosa como absurda. Cada noche les pedía a los dioses, en silencio y a escondidas, que me devolvieran a Grecia. Planeaba, imaginaba y soñaba despierta. Sabía, con una certeza difícil de explicar, que algún día iba a volver. Que iba a recorrer cada rincón del país, sumergirme más profundo en su cultura y aprender ese idioma milenario que me llamaba como el canto de las sirenas.

Y volví.

Pero regresar a Grecia no fue simple. Mi viaje terminó pareciéndose bastante al de Odiseo intentando volver a Ítaca: lleno de obstáculos, desvíos y tempestades modernas. Viví años en Grecia, me fui, exploré otros puertos, atravesé nuevas experiencias y seguí aprendiendo sin apurar el viaje. Porque entendí que cada etapa tenía algo para enseñarme antes de poder atracar, finalmente, en mi puerto favorito.

Grecia nunca me vendió fantasías. Nunca me prometió riqueza ni estabilidad absoluta. Fue honesta desde el primer día. Pero me dio algo muchísimo más valioso: amor, pertenencia, aprendizajes, aventuras y un abrazo inmenso que siempre me hizo sentir en casa.

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Cuando emprendas tu viaje a Ítaca,
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al colérico Poseidón no temas,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes
ni al fiero Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que llegues, con qué placer y alegría,
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los mercados de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano,
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas;
ve a muchas ciudades egipcias,
a aprender, a aprender de los sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Todavía me queda muchísimo por aprender de la vida. Muchísimas preguntas por responder. Pero si hay algo que sé con absoluta certeza, es esto: Grecia es mi Ítaca.

Y quizás por eso, cuando leí por primera vez Ítaca de Konstantinos Kavafis, sentí que alguien había puesto en palabras todo aquello que yo llevaba años intentando entender. Cada verso parecía hablar de mi camino, de mis búsquedas y de mi amor por Grecia. Por eso hoy es una de las piezas literarias más importantes de mi vida y la inspiración detrás del nombre de este blog: un pequeño homenaje a Kavafis y a todas las Ítacas que nos esperan en el camino.

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